Hay cortes que la gente no pide. Que están ahí, en el animal, esperando que alguien les dedique tiempo. El cuello de cordero es uno de ellos.
No es el corte más vistoso. No es el que pides en una boda ni el que aparece en las fotos bonitas. Pero si le das lo que necesita —fuego, vino y paciencia— se convierte en algo que los lomos y las chuletas no pueden dar: una carne que se funde, que tiene cuerpo, que sabe a todo lo que ha absorbido durante horas.
Eso es exactamente lo que hacemos.
Cómo se hace un meloso de verdad
La palabra «meloso» se usa mucho y se gana poco. Para ganársela, hay un camino: el braseado largo.
Cogemos el cuello de cordero, lo sellamos y lo metemos en una cazuela con vino tinto. A partir de ahí, tres horas a fuego lento. Sin atajos. El colágeno se va disolviendo, las fibras se ablandan, el vino se reduce y el caldo se va concentrando hasta que todo lo que queda es un fondo oscuro, pegajoso y con una intensidad que no se consigue en media hora.
Cuando la carne está lista —y se sabe porque cede sola, sin fuerza— la sacamos, la deshuesamos y la desmenuzamos a mano. Luego hacemos un rulo, apretado, que enfriamos para que coja forma. Al día siguiente, lo porcionamos. Cada ración es un lingote compacto por fuera y completamente meloso por dentro.
Así es como se hace. Y por eso tarda lo que tarda.
El acompañamiento: verde que contrasta
Con una carne tan intensa, necesitas algo que rompa. Algo fresco, ligero, que no compita sino que descanse.
El puré de guisante y menta hace exactamente eso. Verde brillante, suave, con ese punto herbáceo de la menta que limpia el paladar entre bocado y bocado. Sin él, el plato sería demasiado. Con él, cuadra.
Es de esos acompañamientos que no se ven venir y que luego no puedes imaginar sin ellos.
Una nota sobre el cordero y el barrio
Este plato es halal. No por accidente, sino porque tiene sentido.
El Pollo está en el Raval. Y el Raval es, entre muchas otras cosas, un barrio con una comunidad árabe enraizada, con carnicerías halal a dos pasos, con vecinos que llevan décadas aquí y que tienen tanto derecho a sentarse en una barra como cualquiera.
Que el cordero sea halal no es un gesto simbólico. Es cocinar con conciencia del sitio donde estás. Para todos nuestros vecinos que lo celebren: Bon profit también para vosotros.
Platos como este
Hay una cocina que busca el impacto rápido. Producto de lujo, presentación espectacular, técnica visible. Y hay otra cocina que trabaja en silencio: que elige el corte que nadie quiere, le dedica el tiempo que pide y confía en que el resultado va a hablar solo.
El meloso de cuello de cordero es de la segunda. No necesita justificarse. Solo necesita que le des un bocado.
Bon profit.

